martes, 22 de septiembre de 2015

El papa que conmovió a los cubanos



Desde el 19 y hasta el 22 de septiembre el pueblo cubano recibió por tercera vez la visita de un Sumo Pontífice en un período menor a 20 años. Juan Pablo II en 1998, Benedicto XVI en el 2012 antecedieron a esta esperada visita, que realizara el Papa Francisco, en un contexto marcado por el inicio del proceso de restablecimiento de las relaciones Cuba- Estados Unidos.

El Papa Francisco arribó a una isla de una singular pluralidad religiosa, donde la libertad de credo, es una de las conquistas de la sociedad cubana, que por demás presenta claramente en su Constitución el carácter laico del gobierno cubano.

Yo no soy especialmente religiosa debo confesar, creo que comparto el verso que ya se ha vuelto axioma: “Aquí el que no tiene de congo, tiene de carabalí” y es que en el ajiaco cultural que es Cuba, las religiones de origen afrocubanas, sincretizan figuras y elementos de otras creencias, especialmente la católica, introducida por los españoles durante la colonización. 

Sin embargo, si creo en el amor, en el poder de la  transformación de este humano sentimiento en el accionar del hombre, en el mejoramiento de la sociedad, en la justicia. Pero también creo en el Papa Francisco y en los principios que defiende, en los códigos éticos que promulga, en su manera de dialogar. Al leer sus palabras identifico no solo a un hombre de Dios, sino también a un letrado, a un filósofo, a un filántropo, a un sabio. 

Es por eso que me complacieron las ideas expresadas por él durante las misas de La Habana y Holguín, lugares hacia los que se trasladaron cientos de miles de fieles a la religión católica,  representantes de otras denominaciones, o cubanos laicos movidos por el interés de escuchar los conceptos de este hombre identificado con los más humildes. 

Y es que el Sumo Pontífice logró conmover y motivar a creer en la bondad, en la voluntad de los hombres, en la posibilidad de un mundo mejor; de tal modo que al escucharlo  uno comulga con sus ideas que buscan, como los cubanos, una sociedad que sea un ámbito de fraternidad, de justicia, de paz y dignidad para todos”, como afirmara recurrentemente el primer Papa latinoamericano. 

En el discurso del Papa Francisco a los representantes de la sociedad civil de Paraguay, durante su periplo por países de América Latina, el 11 de julio de 2015 expresó:

“Un pueblo que no mantiene viva sus preocupaciones, un pueblo que vive en la inercia de la aceptación pasiva, es un pueblo muerto.”

Aunque las palabras fueron dichas en una geografía diferente a la nuestra, la idea tiene tal valor que puede ser fácilmente extrapolado a la realidad, a la transformación en la que hoy se encuentra inmersa la sociedad y el sistema económico cubano, en función del mejoramiento de la calidad de vida de cada uno de los integrantes de la sociedad civil de la caribeña isla.

También, en otra de sus paradas por Latinoamérica expresó:

“Ciertamente, es muy necesario para un país el crecimiento económico y la creación de riqueza, y que esta llegue a todos los ciudadanos sin que nadie quede excluido. La creación de esta riqueza debe estar siempre en función del bien común, y no de unos pocos.”

¿Este no es el principio que por más de 50 años ha defendido el gobierno cubano? La creación de la riqueza, en un país pequeño como Cuba, no se trata de exitosas empresas o grandes monopolios o de un muy reducido grupo, en el que se acumulan todas las oportunidades y beneficios, sino que se refleja en los innegables logros en esferas como la educación, la cultura, la salud, el deporte, servicios que de manera gratuita se ponen a disposición de la totalidad de pueblo, sin distinción de raza, sexo, nivel adquisitivo o religión y que no se limita en su impacto a las fronteras naturales de esta tierra rodeada de mar, sino que abandonan el calor del hogar parar ir a esparcir luz, bondad y felicidad a otros lugares del mundo.

La sociedad cubana, que recibió al Papa Francisco, con hospitalidad, respeto, con  la expresión más sincera de proverbial cultura y patriotismo,  es una sociedad que aspira que cada persona, cada grupo social, se sientan y actúen como una verdadera casa, como una verdadera familia.

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