jueves, 4 de junio de 2015

Mirando mi ciudad, con ojos de extraño

¿Qué hacer cuando pasa la media noche y las palabras rebotan en la mente con ganas de plasmarse en una hoja en blanco? No queda de otra.
Escribir.
Han pasado ya más de 20 días desde que intuí la necesidad de este post por entrever las tal vez insanas pretensiones de oscuras almas o tal vez simplemente las repetidas impresiones de ojos extraños cuyo asombro no puedo comprender y tampoco compartir. Aquí va.
Pienso que la maldad del mundo no está en las cosas sino en las gentes, tal vez una conclusión perogrulla, pero de la cual me convenzo cada vez con más fuerza. Es por eso que aunque te empeñes en mostrar el sol, con todo su esplendor y gracia, los malagradecidos solo verán las manchas que opacan su luz.

Hace poco, en un periplo acompañado, por íntimos amigos y por desconocidos que ya no lo son tanto, me embarqué en un viaje que me hizo redescubrir mi ciudad y parte de mi provincia su historia y sus rincones. Caminé Guantánamo como lo hace un turista y fue mucho lo que aprendí de mis coterráneos y de este pedazo de tierra al que siento como mi patria chica, sin ser por ello regionalista.

La primera parada fue Caimanera, a la orilla de la Base Naval estadounidense, una ciudad pequeña, sencilla, pero  ¿subdesarrollada, temerosa? No. Los habitantes de este pequeño poblado marino caminan por las calles sin miedo a la fatal y obligada compañía con la que han vivido por años, sonríen, saludan afablemente al desconocido que se adentra en este mítico territorio que por años ha estado a la sombra de la tan tristemente renombrada Base Militar que tantos horrores ha visto.

Comercios, centros recreativos, gastronómicos y culturales y un hotel, desde cuyo mirador pueden observarse las instalaciones militares que al otro lado de la bahía persisten a pesar de los reclamos de Cuba por la ocupación ilegal de este territorio; una academia deportiva que se constituye en la escuela del mayor remero de la Isla, Ángel Forunier, atleta que conquista lauros a lo largo y ancho del orbe por su excelente preparación; una cultura efervescente, en constante desarrollo, preñada de proyectos socio-culturales que impactan en la vida de los pobladores en los barrios o caseríos más alejados de la ciudad cabecera en el municipio, eso y más hay en Caimanera.

Bailé changüí, nengón y kiribá en una misma noche y recordé al boulevard de mi ciudad, a las afueras de la Casa de la Trova Benito Odio, cuando la peña en la que se defienden las tradiciones musicales y danzarías del territorio se llena de un grupo de viejitos  entusiastas, que me sobrepasan en energías y que pieza tras pieza, bailan por más de 2 o 3 horas, hazaña digna de admiración para su edad. Muchas veces pensé que esta es la vejez que quiero para mí misma, llena de jolgorio y vitalidad.

En la Casa del Changüí, en las inmediaciones del barrio conocido en mi ciudad como La Loma del Chivo, por una escultura alegórica a este animal, Mancebo explicó, cual musicólogo y excelente comunicador, junto a Ramón Gómez, músico y director de la agrupación Caverchelo.com, otra historia que deberé contar en otro post, sobre las particularidades de los llamados sonecitos de Oriente, muchos de ellos originarios de esta provincia.



Como parte de ese viaje, volví también a Baracoa, esta vez armada de la cámara de un bohemio, compañía de una tarde exquisita, que me permitió capturar con su lente inquieto, las bellezas de una ciudad en la que confluyen restaurantes, casas de alquiler de llamativos colores, a veces sobre decoradas, tal vez por esa necesidad del cubano de adornar más aun lo que es bello en su esencia y que sin dudas es consecuencia del descuido de la Dirección Municipal y Provincial de Patrimonio que no ordena de manera adecuada el respeto a los valores arquitectónicos de la primera villa de Cuba.

La noche baracoense es más animada incluso que la guantanamera, no por mayor cantidad de ofertas, sino porque la presencia de turistas en la ciudad da espacio para el surgimiento de actividades inescrupulosas de personas que valoran más el dinero que la moral. Pero no es un fenómeno exclusivo de este territorio, tampoco se manifiesta en su mayor expresión, creo que hay otros lugares de Cuba en los que se ve como mayor intensidad el asedio a los extranjeros.

Cada quien decide qué ver o qué recordar,  yo prefiero, sin ignorar las cosas malas que vi en el camino ver y atesorar lo más auténtico de un pueblo sencillo, que en medio de la cotidianidad, de las vicisitudes innegables de ser cubano en estos tiempos, sale en las tardes para armar una conga, una conga que es más que un grupo de personas tocando instrumentos, a veces improvisados, a un mismo compás, sino que se torna en la armonía que define el ritmo de esta ciudad que se aparenta apasible y se desnuda ante los ojos con una apasionante y arrebatadora belleza para quien quiera verla.

Los paisajes, listos para ser fotografiados, prácticamente vírgenes de la contaminación humana estaban a la orden por doquier, palmas, cocoteros, playas, el cielo despejado, para romper con la tradición de que en Baracoa siempre llueve, los claros de río de una belleza apabullante, casi un grito, una llamada de atención para los ojos, para los lentes, para el deleite. Pocas aguas he visto tan claras como las del Duaba y sumergirse en el Toa es una experiencia que todo cubano debe vivir, porque en el medio del río, cuando a izquierda y derecha solo hay verdor y silencio, cuando a lo lejos se ven los cayuqueros y cayuqueras, baluartes de esta tradición nacida y preservada en los márgenes de este río, en ese momento, el paisaje habla, para contar la historia de la gente que vive de la tierra, que educa a sus hijos en el respeto de las tradiciones campesinas, la gente que aún baila con guateque y que agarra cangrejos con las manos, otra historia que queda pendiente en la mochila de viajeros.

Son muchas las historias contadas y las que aún quedan por narrar sobre Caimanera, Yateras, Baracoa, sobre Guantánamo, que no es una provincia condenada al subdesarrollo por el fatalismo geográfico sino una tierra, que a pesar de las dificultades, es rica por su historia, sus tradiciones, su gente, su cotidianidad y su realidad, que es más que lo que cualquiera pueda decir en palabras.


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