martes, 7 de abril de 2015

Las historias de mi abuela



Mi abuela tiene  hoy 86 años. Es una señora parlanchina, de ojos vivaces e inquietos, de paso quedo, a causa de la edad y de la vida y sus duros avatares, y tiene esa manía que tienen nuestros viejos de contar historias. A veces nosotros los jóvenes en nuestra impaciencia por devorar el mundo y aprovechar la vida en nuestra propia manera, no nos detenemos a escucharlas.





Pero yo converso con ella, porque sé del secreto placer que narrar estas historias le proporciona, porque para ella, como para el resto de los ancianos, recordar es volver a vivir. Mi abuela me cuenta de su madre, una negra retinta que capturó el amor de un gallego que le fue fiel hasta la muerte, que le llegó temprana, dejándola con 12 hijos a su guarda, en tiempos en los que la comida no escaseaba, pero faltaba el dinero.

Mi abuela me cuenta que vinieron del monte y que trabajó recogiendo café por muy pocos centavos, que planchaba para una familia medianamente acomodada que vivía en los centros de la ciudad y que con su sueldo de 40 centavos podía comprar zapatos y comida y con buena suerte, salir al cine.


Mirando la liga que amarro a mi tobillo, en consonancia con la moda actual me dice que solo las mujeres de la vida, las prostitutas que en aquellos tiempos de neocolonia o psudorepública servían a los marines, tenían esas cadenas y que eran un símbolo de degradación femenina.

Ahhh ¡Cómo han cambiado los tiempos!


Mi abuela añora las latas de galleta, la leche condensada,  las barras de mantequilla, los turrones de alicante y piensa en todo lo que había, en todo lo que su paladar degustó en la época y me cuenta que en sus años mozos las jovencitas salían a bailar con chaperonas o al cine y que habían sociedades de color: la sociedad de los negros, la de los mestizos y la de los blancos. Cada uno en su espacio y haciendo sus propias cosas.

Mi abuela me cuenta de la cortesía de antaño, de su trabajo como costurera, de su enamorado de 16 años, cuando ella solo tenía 15, “un trigueño, de ojos negros y un pelo muy lindo, tiposo, pero muy inmaduro, no quería venir a la casa así que lo dejé. Tu abuelo fue diferente, era un mulato  de ojos penetrantes, casi un modelo de revista para aquellos tiempos.” Y sale a buscar una foto, una foto que ya he visto incontables veces, pero que no me canso de ver, solo por complacerla.

“Nos mudamos y tu abuelo hizo la casa con sus propias manos, años después de casados nació tu papá.”

Y ahora recuerda, como un fogonazo que debo ayudarla a hacer unas cuentas. “Yo solo alcancé el sexto grado, pero sé sumar, restar y multiplicar, eso no se me olvida” Y es ahí cuando caigo en la cuenta de que en tiempos de antaño había escuelas, pero también había miseria y desde edades tempranas los niños debían dejar de ser niños y trabajar para ayudar con el sustento, seguir estudiando era realmente un lujo.

“Éramos humildes, pero nunca nos faltó una muda de ropa para año nuevo y entre mes y mes comprábamos las cosas que hacían falta: el  par de zapatos para René, el vestido de Dioselina, ya las mayores estaban casadas y ayudaban con lo que  podían, mamá estaba enferma pero nunca le faltó nada, ni amor, ni comida, ni medicamentos.”

Y volvemos a las fotos, mientras en Progreso, la Emisora de la Familia Cubana, suena un bolero, en una tarde de domingo y mi abuela canta bajito y me dice: “eso si es música”. Yo en silencio coincido, porque disfruto los acordes del Benni, mientras entonaba “Como fue” o el dulce reclamo de Lágrimas Negras.

Mi abuela añora su pasado porque lo conoce y lo recuerda, piensa también en su presente, en las carencias del ahora y me dice que el dinero no alcanza, que los gastos son muchos y que la vida es dura, un rosario que rezan numerosos cubanos. Cierto, la vida es dura, pienso para mis adentros en silencio.

Pero ella interrumpe mis cavilaciones para decirme que mi papá está inmerso en un nuevo proyecto en la fábrica y que la computadora que compró, a un alto precio y con sacrificio evidente, lo mantiene despierto hasta altas horas de la noche. Le pregunto de qué se trata, ella me dice que de eso no sabe nada, que ni se acerca ni pregunta, porque él tiene muy poca paciencia, no como yo, que le explico todo.

Me dice: “Hay personas que ni con educación se arreglan porque mira que tu papá estudió, hasta en Alemania, en los años 80, pero cuando no se es bueno con la gente, no se es bueno.”  Mi papá es ingeniero mecánico.

Me cuenta entonces que una vecina, vieja amiga de la cuadra, le dijo que me vio por la televisión, veo secretamente como crece el orgullo en su pecho, un orgullo dulce de abuela que ve en sus nietos a las más bellas personas del mundo, a las más capaces, a las más perfectas, orgullo que tal vez solo yo entienda cuando sea abuela.

“Quien lo iba a decir, mi nieta es periodista y sale por la televisión” Y me hace contarle los pormenores de la edición, del trabajo, de la cobertura, del viaje, del ajetreo de mi vida de trabajador.

Me pregunta por mi hermano, que está pasando el ejército. “El ya casi no viene por aquí”, me dice en forma de reproche, “qué será cuando entre a la universidad el año que viene” y se detiene a pensar, se pasa la mano por el rostro, meditabunda, como quien saca una  cuenta matemática complicada. “Tres profesionales en mi descendencia, somos una familia pequeña pero grande. ¿De dónde sacaron ustedes tanta inteligencia si yo no pasé el sexto grado?” Me dice jocosa.

“Aquí cualquiera es profesional abue, ahora el que no estudia es porque no quiere”, le respondo, porque es la verdad.

“Ya vete, que se hace tarde”. Me dice, “en mis tiempos una señorita no podía ni debía andar sola en las noches, no era bueno ni seguro para su virtud y su bienestar”. Le sonrío y por su tranquilidad, más que por la mía propia, le doy un beso en la frente, le deseo salud y empiezo a pedalear para después de 3 kilómetros llegar a casa y compartir mi día con mi mamá, que es doctora en una policlínica de la ciudad en la que vivimos, Guantánamo.

 Me voy, pensando en las historias de mi abuela, en lo diferente que serán las que yo les haga a mis nietos. Tal vez yo muestre mis fotos de familia en un dispositivo móvil y le diga de los avatares de mi madre en el periodo especial para lavar mis paños, de mis años maravillosos en la universidad, de las carencias y las abundancias de mis tiempos, que ya no serán los suyos y entonces mis historias, serán, si ellos quien oírlas, las historias de la abuela.

No hay comentarios:

Publicar un comentario