martes, 21 de octubre de 2014

La bella-bestia



¿Puedo escribir los versos más tristes esta noche? No. Tampoco sé si los más sinceros. No quiero escribir versos. Solo sé que a veces, después de mirar en perspectiva, como un rayo, la realidad golpea, para bien o para mal  y me siento frente a una página en blanco y dejo correr mis dedos entre las teclas mientras se escurren los pensamientos desordenados que trato de concatenar para una historia… No la mejor, pero si la mía, una salida a la realidad o tal vez simplemente un vistazo a la misma, a veces incluso un poco de ambos.

La bella- bestia

Cansada de caminar por calles desiertas, buscando sangre para aplacar su furia la bestia se sentó en el parque en el que casi todas las noches encontraba a su víctima, no siempre era de esta manera. En las mañanas vestía Channel y olía a lo que huelen las estrellas, a baño de rosas y arcoíris recién dibujados.

Era capaz de sonreír, de disimular la salvaje furia que iba acopiando en su interior para desatarse cada noche de manera inconsciente. Nadie sabía, ni ella misma, que cada noche desgarraba con sus manos, tornadas en garras, el cuerpo de algún truhan que elegía como presa, siempre aparecía alguno, apostado en una esquina, cavilando una maldad, pequeña pero insidiosa o tan desproporcionada como las salidas de las más macabras mentes para no ser contadas jamás, para no ser, incluso descubiertas. 

 

En las mañanas, el periódico local, los partes policíacos, las televisoras nacionales se hacían eco de una nueva “tragedia”. Cada cual contaba su historia. A veces era un padre de familia, de barriga redonda, de manos trabajadoras, que en su violenta partida había dejado  una viuda y tres hijos, un hombre trabajador que solo estaba en el momento y el lugar equivocado. ¿O no? Era aquel mismo padre de familia, el que durante las noches, cuando la esposa dormía iba al cuarto de su pequeña niña de 3 años para obligarla a hacer cosas que incluso para su pequeña edad se sentían sucias y luego, en el cómplice silencio de la noche se alejaba diciendo:

-Sé una buena niña, no le digas a mami, será nuestro secreto-

O tal vez era un joven, tatuado de pies a cabeza, con el estigma de haber desandado por oscuros caminos de maldad que lo habían conducido – ¿o acaso se había dejado  conducir él mismo?- al engaño, al vicio, al asesinato, condenando su propio futuro.

Cada mañana la ciudad se despertaba aterrorizada por aquella bestia a la que nadie había visto, pero de la que todo el mundo sabía, aquella que cazaba a sus presas y que no dejaba rastro porque al alba se metamorfoseaba en lo más inimaginable, el perfecto disfraz para ocultar sus crímenes- ¿o su justicia?-.

Pero, ¿dónde estaban todos aquella noche? ¿Dónde se escondían los malvados, los que en su mente retorcida o en sus podridas entrañas tramaban sucias trampas para lograr beneficios propios o dañar a terceros? ¿Ya no quedaba nadie para saciar su sed? ¿Ya no había sangre impura para beber y sosegar sus ansias?  

Poco a poco, cerró los ojos, a través de los cuales el mundo se veía difuso y claro a la vez, una mirada animal, instintiva, que la acompañaba en cada cacería, que le impedía fallar en cada zarpazo. Su piel áspera y escamosa transpiraba, de su cabeza surgía una melena, grandes colmillos colgaban en su boca, con ellos destrozaba la carne, la lengua roja, teñida de sangre, la sangre de tantas noches, se movía pesadamente.

Cerró pesadamente los ojos y por un minuto sus garras comenzaron una lenta transformación que no era dolorosa, pero que en unos minutos se volvió evidente para su conciencia ¿de quién eran aquellas manos? ¿de su víctima? No… las propias y caminó por primera vez consciente de que era algo más que una bestia y vio sus pequeños pies y se preguntó lo que antes

-¿Quién soy?- Miles de pensamientos surcaron su mente en un instante y cuando logró callarlos el contundente golpe al cerciorarse de su conciencia, de poder reconocerse más allá de lo intuitivo que cada noche la hacía ir a los lugares correctos a hacer las cosas -¿equivocadas o justas?- la hizo regresar a aquel banco ya sin la adrenalina corriendo por sus venas, capaz de sentir los latidos de su propio corazón, de reconocer su respiración frágil, su aliento.

Respiró, miró al cielo y por un segundo dejó de cuestionar, esperando encontrar la respuesta en las estrellas. Pensó en sí misma, en las alegrías, en el amor, en la vida, en la página en blanco que es el futuro y sonrió levemente y mientras lo hacía sus manos fueron a tocar los labios trastocados por esa flor de sonrisa que iluminaba su rostro, ¿era humana?

Un grito ensordecedor y violento borró la apacible expresión… Nuevamente una roja realidad asomaba y la presa estaba a punto de ser cazada, siempre queda en este mundo maldad que merezca castigo. De un salto ágil y desenfrenado entró en una loca carrera guiada solo por la certeza de saber su camino y su encomienda. Se relamió de gusto pensando en la carne que estaba a punto de destrozar, en la vida, no merecida que iba a arrebatarle.

Corrió por espacio de tres minutos, cual quimera, mezcla de horror y belleza, la muda noche fue testigo de esta  bella carrera, emisaria de la muerte, la luna que antes la había  iluminado se escondió para no ver el sangriento espectáculo.

Dobló en una esquina y lo encontró blandiendo un cuchillo sobre una imberbe joven que gritaba por piedad, por auxilio, por amor de Dios, pero los gritos no eran efectivos, nadie salía en su ayuda y un destino muy aciago estaba a punto de cernirse sobre ella para trastocarse en uno de sus más temidos recuerdos, en una pesadilla recurrente que cada noche iría a quitarle la paz y el descanso.

Silenciosa, en segundo que parecían tornarse horas, esperó su momento en la oscuridad, el atacante no advirtió su presencia y con ojos lascivos miraba a la joven que se hacía más deseable mientras más asustada y desesperada estaba.

Cuando el ataque era inminente, la muchacha cerró los ojos en gesto de resignación y una ráfaga de aire borró la amenaza. Unos momentos estuvo con las manos crispadas, tratando de detener algo que ya no estaba allí para dañarla. Sin saber que había pasado corrió sin mirar atrás, hasta que pensó estar a salvo o hasta que el cansancio pudo más. Encontró refugio.

En la azotea de un cercano edificio la bestia jugaba con su presa cual gato y ratón. La movía entre sus garras, arrancando cada vez pequeñas porciones de carne, heridas de las que emanaban sangre. La presa gemía, lloraba, trataba infructuosamente de huir, no de pelear, los cobardes no pelean, no gritaba ni lanzaba alaridos, no tenía lengua con que hacerlo, la bestia la había arrancado violentamente, imposibilitando los gritos, dejando su angustia un gutural e inarticulado sonido que emergía de su terror por lo que estaba viendo.

Finalmente se cansó de jugar, cortó su garganta y un torrente de sangre bañó su cara, se relamió de gusto y procedió a comer calmadamente a su presa, sin la conciencia de ser algo más que una bestia, sin ningún recuerdo, sin ningún arrepentimiento, sin saber.

En la mañana nuevamente las noticias dieron cuenta de que esta vez la víctima había sido un connotado violador, buscado por la justicia desde hacía más de un década.

Ella despertó, olía a fresco amanecer, a pureza a soles y a nubes recién hechas, de frente estaba el día y la noche había sido buena. Había soñado con niños, con amor con mariposas. Se miró al espejo y tuvo una extraña sensación, se encogió de hombros y entró a la ducha, mientras frotaba su cara con sus manos, las miró extrañamente, como si las reconociera de algún otro lugar, como si fueran manos ajenas a la vez de las suyas… Respiró y se dijo a sí misma que la vida era extraña.

Se vistió y salió a caminar, otro día normal en aquella ciudad anormal, asediada por una bestia a la que extrañamente ella no temía, por una rara certeza de no podía dañarla. Pasó frente al parque y sintió unos repentinos deseos de sentarse y mirar al cielo… Recordó un sueño de la noche pasada, de estar en ese mismo banco mirando las estrellas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario