miércoles, 15 de octubre de 2014

EL casco del olvido, unas letras a mi madre

A veces la vida nos pone pruebas y debemos crecernos ante las circunstancias, lo cierto es que yo siempre he contado con mi madre para enfrentar todo lo que venga no importa cuán duro golpee. Por estos días, como supongo que pasará a lo largo de mi vida, muchas cosas pasan a mi alrededor, pero hay alguien sin quien no he podido caminar y lograr salir airosa de los emabtes del destino, porque como dice el cubano: "Cuando el mar es de cagar, no vale guayaba verde"
Es por eso que le dediqué estas líneas a mi madre, tienen algo de ficción y no es la mejor literatura, tampoco de lo que más me ha complacido, solo unas palabras para aliviar y reconocer. Espero que les guste, aquí se los dejo.
El casco del olvido
A la eterna guardiana de mi corazón: Aida Virgen Betancourt Acosta, mi madre.

Aida es una de esas madres que idolatra a sus hijos sin dejar de reconocer sus defectos y mañas, de las que no dice a menudo “te quiero” porque al más mínimo asomo de los sentimientos sus ojos se llenan de lágrimas. Su carácter es pasivo, es de aquellas personas que toman la vida según venga, pero cuando siente que su progenie  es amenazada arremete con fiereza incluso contra el propio destino si es necesario.

Quiso la suerte, la vida el azar o simplemente el orden natural de las cosas que tuviera solo dos hijos a los que crio como madre y padre, no por la ausencia del último sino por la presencia de ese amor insoldable y de esa necesidad de proteger a los que para siempre, serían sus niños.
Hacía algún tiempo Aida enfrentaba un dilema que cada día alcanzaba nuevas y penosas dimensiones ante sus ojos, su hija estaba herida del corazón, una enfermedad de los sentimientos, que ni ella misma, que era doctora, sabía tratar.
Los síntomas: dolor en el corazón, exceso de lágrimas y sollozos, desesperanza en sus actos y en sus ojos, inercia en su alma, ausencia de sueños, colapso total de la espiritualidad y la confianza. Aida acarició sus cabellos, la acunó, le cantó canciones para curar su alma, hizo cocimientos de albahaca y carpintero para calmar su impaciencia y su desesperación.
Plantó en  su jardín nuevos sueños, inventó platos para su desganado paladar, alejó a todo aquel que quisiera aprovecharse de la debilidad de su niña mientras estaba indefensa, pero nada servía para un corazón que ya no quería latir en aquel cuerpo sin alma, pues esta última había partido, después de una gran decepción, sin aclarar fecha de regreso.
Sonrisas fugaces y breves momentos de calma, proyectos que quedaban a medias luego de que un inoportuno recuerdo sumiera nuevamente en la tristeza a su desconsolada pequeña- que en realidad ya no lo era tanto-.
Una noche de tormenta, cuando los relámpagos alumbraban la habitación colándose furtivamente por la ventana y mientras escuchaba los sollozos provenientes del cuarto de la “enferma”, Aida se levantó como quien ha sido fulminada por una idea maravillosa. Como un Doctor Frankenstein moderno levantó una ceja en medio de un alumbrón en la media noche y la lluvia arreció mientras la corpulenta y fuerte mujer ponía manos a la obra.
La fe puede mover montañas y obrar milagros, al amanecer  ya tenía lista su creación, la impaciencia de probar su efectividad la hizo correr por el ancho pasillo de la casa colonial que habitaban.
De un golpe abrió la puerta y junto a ella entró la luz del amanecer en la habitación solitaria. En una esquina de la cama un pequeño bulto acurrucado bajo las sábanas apenas se movía, daba imperceptibles muestras de vida por acompasados gemidos y ahogados sollozos.
Enérgicamente, Aida destapó a su hija, quien no se movió ni dio muestras de reconocer la presencia de otro ser en la habitación. Caminó segura con su creación entre las manos rogando y poniendo sus últimas esperanzas en aquello que debía acabar con la infelicidad de su chiquilla, indefensa ante los embates de la vida.
Colocó el casco del olvido sobre la sien de la muchacha, encendió el interruptor y una pequeña descarga, que solo duró un breve segundo, iluminó sus ojos.
Aida miró impaciente, sacudió a su hija, quien después de unos breves instantes abrió los ojos en los que se vio una nueva luz, un rayo de esperanza. Abrazó a su madre porque tenía la sensación de no haberla visto en un largo tiempo. No recordaba  cuantos días, meses o años, había estado aislada del mundo, tampoco recordaba el porqué.
El casco maravilloso había borrado sus dolorosos recuerdos, había tornado su tristeza por nuevas fuerzas para reconquistar el tiempo y la vida que se había dejado robar. Su alma regresó, gustosa de encontrar amparo en un cuerpo renovado.
Se incorporó y reconoció en su cabeza un peso que no le pertenecía, palpó con sus manos aquella invención divina que le había devuelto las ganas de existir, de conquistar, de soñar, de amar y caminar segura  de que siempre que la vida arremetiera sin clemencia  contra su sensible corazón, allí estaría su madre, la eterna guardiana de sus sueños y de su vida, con aquel casco milagroso de los olvidos.
 

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