martes, 19 de agosto de 2014

Al reencuentro de mis letras: El Encuentro (Relato corto)



Cayó la noche mientras fumaba un cigarrillo, pensaba en lo mucho que deseaba verla, en lo mucho que anhelaba su cuerpo desconocido, sus palabras rondando en sus oídos, sin saber si quiera su voz. Una súbita desesperación lo hizo pensar en cómo vencer la distancia, pero terminó de la misma manera en la que inició al comprender la imposibilidad de sus deseos.
Recordó entonces en la primera vez que la vió, con ojos de enamorado, de hombre que idolatra a la mujer, pero no a una mujer, sino a la mujer a la que otros no pueden ver con esos mismos ojos.
No era de belleza angelical, pero la mirada mordaz, la palabra precisa e inteligente, los gestos con esa manera tan suya, tan sutil, habían calado en su memoria inusitadamente, sin esperarlo, sin preverlo, sin saber de qué manera entraron, pero definitivamente estaban allí.
Camino kilómetros dentro de la pequeña habitación repensando el camino recorrido, repasando cada oportunidad desaprovechada para confesar los arrebatos de tenerla, de hacerla tan suya como pudiera, sin poder recordarlos todos con precisión, pero sintiendo esa opresión en el pecho de saber una tarea incompleta, de saberse alejado de su destino.
En la calle, los perros deambulaban buscando la cena, sonó la campana de la iglesia y un vecino melancólico y taciturno tocó “Tarde” y la retórica de Arjona fue bálsamo de comprensión pero también espada de Damocles para él y sus recuerdos.
Se tumbó en el sillón resignado en su frustración, pensando en los sentimientos, tratando al menos de descubrir si era realmente amor lo que nuevamente tocaba a sus puertas vestido de la misma mujer que había dejado escapar algunos años atrás.
Había vuelto a verla, de la mano de un hombre, no el mismo, pero nuevamente ajena se había alejado… Y seguía siendo la misma… o una versión mejorada de quien fuera en sus años más jóvenes, más anchas las caderas, la boca tentadora, la mirada limpia, la misma bondad en la voz, la misma distancia.
Aún ignoraba sus sentimientos, algo había de hacerse. Tomó el teléfono y marcó, como un drogadicto que busca la nuevamente el veneno, sabiendo que va a ser el último, pero con la firme convicción de disfrutarlo hasta el final. Aunque era tarde en la noche, solo dos timbres y luego una voz, su voz, inconfundible inexplicablemente a lo largo de los años.
Ni él mismo podía explicarse esta atracción hacia esta mujer totalmente desconocida, pero aun así íntima para él de una manera casi mística. ¿Curiosidad, deseo, pasión? Tal vez todo eso junto, tal vez algo cósmico.
-Hola, no me conoces, pero te suplico que no cuelgues, esto es algo que debo hacer por mi paz, por mi cordura.- La voz fue segura, no lo esperaba.
-Hola, prometo no colgar, pero solo si me dices quien me habla-
-Puede que no me recuerdes, no nos han presentado soy Marc, nos hemos visto varias veces, me gustas, me apasionas y no entiendo por qué, hace años que arrastro este sentimiento y hoy cuando nos volvimos a ver despertó nuevamente en mí. No espero nada de ti, solo quiero que te sepas bella, que sepas que de este lado de la línea muero por tocar tu piel, por arrancarte besos de tu boca, por verte dormir, serena a mi lado, por saber tus secretos, por conocerte, por explicarme esta loca atracción, que fue creciendo en silencio y que hoy se me desborda.-
Al otro lado del teléfono solo se escuchó un silencio y luego la certeza de que el manófono había sido colgado, sellando la llamada que no iba a repetirse.
El cuarto del hotel empezó a dar vueltas y por segundos, que parecieron eternos, le pareció como si su conciencia se desprendiera de su cuerpo, viendo al estúpido ser que sostenía la cabeza entre las manos, pensando en el ridículo,  en las decisiones, en la curiosidad insatisfecha, en la vida misma.
Pasaron minutos en esta agonía, hasta que unos toques leves a la puerta lo despertaron de la letanía en la que se hallaba sumido. Lentamente levantó su cuerpo, caminó hacia el umbral y abrió.
Sin luces, sin testigos, allí estaba.
-Hola- de manera natural traspasó la distancia que los separaba, como si fueran viejos conocidos. Tomó su mano y lo arrastró hacia dentro de la habitación, mientras se despojaba suavemente del vestido.
Totalmente desnuda, la mujer imposible, el objeto de su deseo, su dilema, levantó la mirada buscando sus ojos y solo dijo:
-Yo tampoco me explico el por qué, pero no creo que ahora eso sea importante-

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