lunes, 14 de julio de 2014

El verano en Guantánamo también sabe a conga



Agosto es uno de los meses más calurosos del año en la isla de Cuba, sobre todo en el oriente del país donde todo se vive de una manera más intensa. En los primeros días de este período estival la ciudad de Guantánamo es escenario de una de las más antiguas tradiciones del territorio: El Carnaval.
Tres días de fiestas populares que son esperados por todos como una fecha antológica de celebración, idiosincrasia y bailes. Una de las actividades que distinguen la celebración carnavalesca son los llamados Paseos.
O como se les dice en cubano: La Comparsa, un grupo de hombres y mujeres que bailan al compás de la conga, danza popular que nació en las entrañas africanas de la tierra de Cuba, donde los jóvenes “arrollan” las calles al ritmo de tambores, campanas y de la tradicional trompeta china.
Cada año el primer y el último día de carnaval se presentan las comparsas o paseos, disputándose premios a la mejor coreografía o al más creativo arreglo musical y tal parece como si todo se redujera a esos diez minutos en los que desfilan frente a las gradas y al jurado, pero todos sabemos que no es así.
En medio del calor de julio, cuando los estudios recesan y las calles se llenan de infantes y adolescentes, inician los ensayos para lo que debe ser la mayor fiesta de los bailes y los colores en la ciudad.
Incluso los niños tienen su comparsa, pues el carnaval infantil también convida a los más pequeños a preservar las tradiciones de sus abuelos africanos, sin importar el color de la piel.
Desde los primeros días del séptimo mes del año un ritmo contagioso invade las calles, pues cuando terminan los ensayos la conga sale abrasadora y arrastra a su paso a todos los que se dejan llevar por este ritmo febril que mueve desde adentro, porque el repique de los tambores llega a sentirse hasta en el corazón.
Y bailan los niños, los padres, los abuelos, desde los balcones, desde la acera, el tránsito se detiene durante unos cinco segundos  y luego la conga se va, sigue su periplo y con ella todo el que desee seguirla.
Cada tarde se repetirá este ritual, no es algo acordado, y sucederá hasta  que el jurado de su veredicto, casi cuando mueren las fiestas carnavalescas, solo para volver a despertar en el próximo verano, cuando el año descuente solo un mes para el Carnaval.

A los que tocan y a los que bailan, no los mueve solamente el deseo de ganar, es algo que va más allá, como el compromiso inconfeso de salir cada tarde a tocar para el pueblo, de conocer el lenguaje secreto de los tambores sin importar para que comparsa toques, de preservar las más auténticas raíces de Cuba en el cuero de la tumbadora o en el ritmo de los bailes.

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